Encontré un lugar apartado del mundo,
donde dejar que miles de lágrimas de cristal
brotaran de mis ojos,
y allí, donde nadie podía verme,
dejé que los vestigios de un gran amor,
se clavaran en mi corazón como puñal ardiente,
llevándolo a una quietud y una muerte lenta.
El corazón se fue apagando,
allí donde la gente no sabía de mi,
entre las oscuridades de aquel rincón inusitado e invisible,
donde podía ocultar mi amarga realidad,
e intentar recomponer la felicidad que tuve antaño.
Y nada conseguí, nada me ayudó a resurgir,
cada noche me perdía entre heridas sangrantes,
en esa cama donde muchas veces me envolví en el deseo más profundo,
y de día, con mi cuerpo callado e inerte,
buscaba una razón para moverme y luchar por vivir.
Y, entonces apareciste tu,
cual ave pasajera que buscaba un lugar donde reposar,
te adentraste en mi vida como rayo de esperanza,
devolviéndome la vida que me habían quitado,
incitándome a seguir con más fuerza el camino,
haciendo que mi corazón olvidara su letargo de muerte
y decidiera volver a latir para decir sí a vivir.
Corazón herido que renace,
en cada palabra tuya o en cada silencio,
recomponiendo sus heridas de amor,
cerrando los vínculos del pasado para mirar un nuevo futuro,
y en ese futuro ansiado,
estar acompañado siempre de ti.
Hoy mi corazón renace a pasos agigantados,
el recuerdo amargo del ayer se olvida,
en mi memoria solamente los recuerdos que forjaremos juntos,
y llegado ese momento cruel en el que la vida nos separe,
me iré al cielo sabiendo que un día te amé como nunca pude amar,
y al terminar mi camino en este mundo vanal e imperfecto,
mi último recuerdo tuyo fue un último beso de amor.
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